IA y Coaching
En esta tercera entrega de la serie sobre Inteligencia Artificial, Edgar Rodríguez habla con el Coach Agustín Corres, quien ha dedicado su vida profesional a la práctica para empresas e instituciones.
En una sociedad que cada vez cree más (y depende más) de la Inteligencia Artificial la labor de contacto humano podría llevarse a niveles que parecen extraídos de una distopia. Los Grandes Modelos de Lenguaje parecen ser la fuente de refugio y consejería de cada vez más personas quienes tienden a alejarse de sus semejantes para evitar conflictos.
Ante la amenaza de deshumanización así como de pérdida del sentido de la colectividad, estos profesionales se encuentran ante una disyuntiva única. IA y Coaching.
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Transcripción
Entrevista: IA y Coaching en 2026
Participan: Edgar Rodríguez y Agustín Corres
Edgar Rodríguez:
¿Qué tal, amigas y amigos de Conexionistas? Bienvenidos de nuevo a esta sección de La Caja de Petri, donde reflexionamos sobre la presencia de la inteligencia artificial. Hoy es imposible imaginar la vida en 2026 sin ella: está en la vida cotidiana y en prácticamente todas las industrias. Se ha convertido en una especie de sello de garantía, una mezcla entre calidad y eficiencia.
Queremos identificar cinco aspectos —oportunidades, riesgos y amenazas— de la presencia de la inteligencia artificial en distintas prácticas profesionales. Para ello me acompaña Agustín Corres, a quien ustedes ya conocen. Agustín, gracias por tu tiempo. En tu experiencia, ¿cuáles son esos cinco factores clave que debemos observar para entender ventajas y amenazas de la inteligencia artificial en el coaching y en el mundo ejecutivo?
Agustín Corres:
Gracias, Edgar. Me entusiasma regresar a La Caja de Petri. Antes de hablar de cómo la inteligencia artificial se involucra en el coaching, quiero marcar dos pautas.
Primero, recordar el origen del término coach. Viene del poblado húngaro de Kócs, famoso por sus carruajes. En Oxford, en el siglo XIX, se usó por primera vez para describir a la persona que te lleva del punto A al punto B. Esa es la esencia del coaching.
Segundo, la confianza. Para ser coach debes generar confianza, no solo por “buena vibra”, sino con argumentos, certificaciones, experiencia. La confianza es una decisión responsable.
Con esto en mente, paso al primer punto: el coach tiene tres clientes simultáneos —la empresa, recursos humanos y el coachee—. La inteligencia artificial influye en los tres, porque hoy tenemos acceso a comunicación de ida y vuelta. Antes investigabas, pero no había retroalimentación inmediata. Ahora puedes programar la IA para que te dé respuestas cortas, verifique fuentes y hasta genere nuevas preguntas. Eso nos da visión estratégica y estructura.
La recomendación es retar a la IA, confrontar sus respuestas y buscar segundas o terceras vueltas. Así logramos mayor consistencia en la conversación y orden en las sesiones. Pero aquí surge un foco rojo: la confidencialidad. ¿Hasta dónde podemos usar perfiles de LinkedIn o información personal en la IA? Éticamente, siempre hay que preguntar al coachee si está cómodo con ello. En mi caso, nunca meto información personal en la IA.
Edgar Rodríguez:
Entonces, ¿la diferencia está en cómo usamos el conocimiento y el aprendizaje?
Agustín Corres:
Exacto. El conocimiento es información: “ya lo sé”. El aprendizaje es llevarlo al músculo, convertirlo en hábito. La IA amplía perspectivas y fuentes, pero el coach es quien acompaña al ejecutivo a cambiar comportamientos. Esa es la huella digital del aprendizaje.
El riesgo es que la IA deshumanice el proceso. No se trata de sorprender al cliente con “preguntas de impacto”, sino de acompañarlo. El peligro es confundir empatía con productividad. Si el cliente necesita contención emocional, no sirve llegar con un paquete de preguntas automatizadas.
Edgar Rodríguez:
Entonces, uno de los factores es la amenaza de deshumanización.
Agustín Corres:
Sí. Y aquí entra el segundo paraguas: la especialización. Hoy existen plataformas como Copilot o ChatGPT que responden casi cualquier cosa. Incluso pueden personalizarse para acompañar a alguien en su desarrollo. Eso es una gran ventaja, pero también un riesgo: el aislamiento social.
Ya hay personas que prefieren conversar con la IA antes que con otros. Eso puede afectar la colectividad y la dinámica empresarial. La vida no funciona por silos, y el exceso de especialización puede romper la interacción humana.
Edgar Rodríguez:
Eso confirma hipótesis, pero también alarma. Podría ser un “lobo disfrazado de oveja”: ayuda mucho, pero amenaza la colectividad.
Agustín Corres:
Exacto. Edward Osborne lo resumió bien: “Tenemos emociones del paleolítico, instituciones medievales y tecnología de dioses”. La IA avanza rápido, pero el ser humano sigue siendo frágil. El dilema ético es claro: la IA da conocimiento, pero ¿qué capacidad tenemos de generar aprendizaje real? Además, no es tan democrática: quien tiene recursos accede a mejores herramientas, perpetuando la brecha.
Edgar Rodríguez:
Si fueras parte de recursos humanos, ¿dónde no te gustaría ver a un coach usando IA?
Agustín Corres:
En la creación de métricas sin contexto humano. La IA puede deshumanizar procesos y vulnerar la confidencialidad de la empresa o del coachee. También en compromisos: hoy peleamos por la atención, y la IA puede diluirla aún más.
Edgar Rodríguez:
Coincido. Además, muchos se autodenominan “expertos en IA” con apenas meses de experiencia. El verdadero aprendizaje viene de los errores, y ahí la IA no sustituye la gestión humana del fracaso.
Agustín Corres:
Exacto. El coaching es humano al 100%. La gestión del error es parte esencial del proceso. La IA puede reducir ese margen, pero nunca debe eliminarlo.
Edgar Rodríguez:
Agustín, gracias por esta conversación. Sin duda habrá que seguir profundizando en estos temas. ¿Dónde puede encontrarte la audiencia?
Agustín Corres:
Por ahora en Instagram. Pronto será más fácil localizarme en otras plataformas.
Edgar Rodríguez:
Perfecto. Muchas gracias, Agustín.
Agustín Corres:
Gracias a ti y a tu público por la escucha.

