Para quien lee este espacio con frecuencia, no es sorpresa que insista en señalar lo que considero riesgos claros para la economía, especialmente para quien ya produce o quisiera producir en México. Hablar del tipo de cambio en público desata comentarios variados de quien entiende, de quien tal vez tiene experiencia, de quien lo sufre o goza, pero especialmente de quien no entiende y tampoco quiere entender. Peor aún, se convierte inexplicablemente en una discusión sobre si uno critica a la 4T o adora o añora al «prianismo». Muchos se acostumbraron a que todo sea grilla y evitan el análisis objetivo de datos, de opiniones, de propuestas, de ideas.
Mi opinión reciente sobre el peligro del peso sobrevaluado artificialmente fue publicada en las redes de la ANEI (Asociación Nacional de Empresarios Independientes) y provocó comentarios de todo tipo, además de una muestra del deplorable nivel de ortografía y redacción que hay en México entre quienes se animan a opinar sobre algo que no entienden ni quieren entender. Me llamó especialmente la atención uno, escrito en mayúsculas, que de alguna forma resume los múltiples comentarios negativos y críticas a mi opinión.
Quien comentó se arrancó juzgando a los empresarios y diciendo que «son los empresarios los que ponen el precio a sus productos»; «el empresario infla sus costos»; «que están aliados y por eso no hay competencia»; «si no les va bien, pues cambien de giro o váyanse del país»; «si no tienen productividad, no es por causa del gobierno, sino porque no saben administrar»; «quieren otro Fobaproa». No sé (espero que no) si así piensa la mayoría de los mexicanos y si de ese nivel es la comprensión de los temas económicos básicos o de la variedad de empresarios que hay en México.
No parecen importar los datos o explicaciones del impacto que tiene sobre quienes producen las fallas estructurales de la economía mexicana (de antes y nuevas) y, encima, del peso inflado. Se han publicado aquí ejemplos de empresarios del sector turismo, del sector automotriz y hoy me animo a poner el ejemplo de un agricultor. Muy importante que recordemos que la inmensa mayoría de los empresarios no son ni se apellidan Slim y que en México hay unos 6 millones de empresas y más del 99% son Micro, Pequeñas y Medianas.
El señor Trigueros y su familia llevan tres generaciones sembrando trigo en Sonora. Nunca han sido productores grandes, pero han podido armar un negocio que, como muchos, tiene sus años buenos y malos. Compiten con productores americanos mucho más grandes, subsidiados por su gobierno, con mejor acceso a crédito para tecnificar su producción, con tasas de impuesto menores. Trigueros tiene varios cientos de hectáreas en su rancho y produce unas cinco toneladas por hectárea.
En 2020, el tipo de cambio rondaba los 20 pesos por dólar y competía contra un precio del trigo en Estados Unidos de 18.56 dólares por cada 100 kilos. Es decir, ese trigo importado tenía un precio de 371 pesos por cada 100 kilos. Ese era el referente internacional contra el cual tenía que competir Trigueros. Hoy, el precio del trigo en Estados Unidos es de 19.48 dólares por cada 100 kilos. Es decir, en dólares, el trigo estadounidense es más caro que en 2020.
Sin embargo, el tipo de cambio ya no es 20 pesos, sino alrededor de 17.3 pesos por dólar. El resultado es que ese mismo trigo estadounidense hoy tiene un precio de 337 pesos por cada 100 kilos. En pesos, el trigo importado es 9% más barato hoy que en 2020, a pesar de que en dólares subió. A eso hay que agregarle que la inflación acumulada entre 2020 y 2025 fue de un 35%.
Los costos de Trigueros -diésel, fertilizantes, semillas, refacciones, salarios, transporte- subieron también (siendo optimistas) cerca de la inflación promedio. Es decir, si los costos totales de producción del Sr. Trigueros fueran de un 70% del precio de venta, estaríamos hablando que en 2020 su costo era de casi 260 pesos y hoy es de unos 350 pesos por cada 100 kilos. Antes, vendía a 371 y su margen de utilidad era de unos 111 pesos por cada 100 kilos. Hoy, ese margen es negativo en unos 14 pesos.
Sus precios no subieron con la inflación, solo sus costos y su competencia es capaz de vender al mercado mexicano a un precio en pesos 9% menor que hace casi seis años. Esta es la realidad concreta del súper peso. No es una abstracción. No es ideología. Es la aritmética que está matando a quien ya produce y ahuyentando a quien quisiera producir algo en México.
Este ejemplo del trigo no es una excepción. Es un espejo de lo que ocurre en múltiples sectores: agroindustria, manufactura, exportadores, proveedores locales, turismo. El súper peso abarata importaciones a costa de desincentivar la producción nacional. Forma un país que cada vez paga menos por lo que produces y te cobra más por todo lo que necesitas para producir; una economía que premia al importador y castiga al productor.
Se ve, en suma, como un modelo que vuelve perdedores incluso a quienes hacen todo bien. Mientras la política económica siga confundiendo fortaleza cambiaria con fortaleza productiva, seguiremos viendo menos trigo mexicano en el campo y más trigo importado en la mesa. El discurso oficial es peligroso; ignora que el peso fuerte es una pesada losa en la espalda de los sectores productivos.
No reconocerlo es una ofensa contra quienes tienen la valentía de emprender un negocio que produce en México. Fortaleza cambiaria no es fortaleza productiva. El súper peso artificial, sin productividad a su alrededor, es veneno para un país en desarrollo.
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